Constituye una y otra vez un problema la pregunta, proponer la explicación de lo sexual, en el caso de no haber sido requerida. Esta pregunta no puede ser contestada de manera generalizada. Depende de la edad del niño y, sobre todo, de sus particularidades anímicas. Yo personalmente considero importante una explicación temprana de lo sexual, dado que en mi trabajo muy a menudo tengo que ver con víctimas de violencias sexuales. Una prevención esencial al respecto, es una explicación clara y temprana, que no se pierde en insinuaciones, y que en cambio llama a las cosas por su nombre de una manera apropiada para el niño.
En el caso de que de ningún modo surja pregunta alguna con respecto a lo sexual, podría intentarse estimular una pregunta al respecto. Cuando en el círculo de los parientes o de los vecinos por ejemplo nace un niño, esto sería una buena oportunidad para referirnos al tema. O, en algún momento tranquilo, cuando realmente disponemos de tiempo para charlar con el niño, podemos preguntarle directamente: “¿Sabes acaso cómo has llegado al mundo?” o “Ahora quisiera contarte cómo ha sido todo cuando tú llegaste al mundo”. Y no se comenzaría con la procreación, sino con el parto, y recién después podríamos referirnos a lo que precedió en el tiempo: “Y ahora te voy a contar todavía, cómo tu cuerpo ha llegado a mi vientre”. Cuéntelo de una manera muy personal, adecuada a la edad de su hijo, narrando en un lenguaje apropiado a sus vivencias personales anímicas y también espirituales.
Los niños reservados, seguramente harán pocos comentarios. Eso tampoco tiene mucha importancia. Lo importante es la vivencia de que se puede hablar del tema.
Después de la pubertad tenemos una situación diferente en lo que a la educación sexual se refiere. Ahora, el joven mismo sabe de qué se trata – aunque fuese de manera incipiente – cuando se habla de sexualidad. Ahora, los padres pueden ser interlocutores, pueden estar abiertos para discusiones acerca de temas que guardan una relación, tales como preservativos, sida, homosexualidad, etc. Pero ya no es posible hablar de educación en el sentido propiamente dicho. Según mi criterio, los jóvenes deberían ser estimulados a encontrar sus propios caminos en ese campo, con toda tranquilidad. Ni la presión moral proveniente del hogar, ni la presión excitante de la calle aportan una ayuda cuando para el joven se trata de descubrir lo que significa poseer facultades sexuales. Para ello, los padres pueden ofrecerse únicamente como participantes de una charla. Si ese ofrecimiento es aceptado o no, es una cuestión aparte. Por cierto, que no será aceptado en el momento que queremos inducir al joven a tal o cual cosa, o si adoptamos una actitud moralizadora. En definitiva, a los padres no les queda otra posibilidad que el soltar, una vez que el joven ha cumplido dieciséis o diecisiete años. A esa edad y en ese campo, la pedagogía consiste en refrenarnos un poco pedagógicamente. Los jóvenes sostienen charlas acerca del tema, y es lo definitorio en esa fase de la edad. Cuando ustedes, los padres muestran confianza con respecto a la educación hacia la sexualidad que le han proporcionado a su hijo en los dos primeros septenios, esa será la mejor ayuda para su hijo.
La meta de la ávida educación hacia la sexualidad ha sido que el joven pueda confrontarse con ese ámbito de la vida de un modo independiente, vale decir en medida cada vez mayor sin sus padres. El joven a partir de los quince años comienza a actuar de esta manera ¿Y cuándo finalizamos ese accionar? ¿Cuándo “terminamos”? ¿Acaso es importante terminar?¿Hemos terminado nosotros, los adultos? Concedámosles entonces a los jóvenes la no – madurez al respecto. De esta manera es como los estamos tomando en serio. Y no hagamos alarde de saberlo todo mejor. Transmitamos a los jóvenes, que también para nosotros los adultos, la sexualidad durante toda la vida es un campo de aprendizaje. Esto ayuda a que nos tomen en serio, que nos permitan decirles algo.
Por de pronto, tenemos frente a nosotros interlocutores, y ya no niños, y entonces surge la pregunta ¿de qué manera se puede hablar de sexualidad con los jóvenes?
En principio, me parece importante, que nosotros los adultos frente a tales preguntas no nos mostremos dando consejos o indicaciones, sino que tratemos de alentar a los jóvenes a una postura interesada frente a tales experiencias. La sexualidad es un campo de aprendizaje constante. No es algo donde hay un claro consenso, que alguna vez se “adquiere”. Lo que la sexualidad significa para nosotros y cómo la manejamos, eso experimenta un cambio en el curso de la vida; y el cambio se produce a través de la búsqueda.
Esa postura de búsqueda está relacionada con el hecho de que la sexualidad ya no sirve únicamente a la procreación. La sexualidad es parte del amoroso interés en otra persona. Su valor de “establecer un encuentro” yace en su facultad de individualización y con ello, depende de la aceptación del ser – diferente de los individuos. El punto de partida del hecho de que aquí estamos frente a un campo de aprendizaje, es aquel que la mujer y el hombre vivencian la sexualidad de diferente manera.
Esto nos conduce a una primera constatación: la sexualidad femenina es otra cosa que la sexualidad masculina. ¿Cómo podemos entender esto? Parece ser, que en los varones, ese nuevo ámbito vital de la sexualidad entra a la conciencia de una manera mucho más pujante y aguda como en el caso de las jóvenes. Y por un tiempo eso seguirá siendo así. También para los hombres, la necesidad sexual se encuentra en la conciencia de una manera más apremiante como en el caso de las mujeres. La necesidad sexual misma y también la vivencia sexual en la experiencia compartida, en los hombres es más agudamente delimitado, más agudamente concentrado en el propio órgano sexual. El excitado miembro varonil, puede requerir poderosamente su satisfacción. Algo muy diferente parece suceder en el caso de las jóvenes y de las mujeres. Aquí, el deseo sexual aparece como expandido sobre el cuerpo entero; evidentemente, el deseo pujante concentrado en un lugar que busca ser satisfecho, aquí no se encuentra en un primer plano, en su reemplazo, el deseo de las jóvenes y de las mujeres se orienta en primer lugar al cariño, la proximidad física, la caricia y la conjunción de ambos cuerpos.
Está relacionado con esta diferencia fundamental, que los jóvenes y los hombres evidentemente piensan con mayor frecuencia en la sexualidad, se ocupan en su interior con ideas sexuales como parece ser el caso en las jóvenes y en las mujeres.
Esto, naturalmente, constituye una fuente de numerosos malentendidos. La apremiante necesidad puntual en un lugar del cuerpo, a menudo es integrado por los jóvenes y los hombres de la misma manera apremiante al encuentro corporal y puede ser vivenciado por la pareja, como apremiante, acuciante y hasta angustiante e hiriente.
De allí, se explica también la tentación, a la cual está expuesta una y otra vez todo hombre, ejercer en la sexualidad una toma de posesión, querer acosar con sexualidad y, tal vez, hasta intimidar con la misma. En las relaciones sexuales mismas, el instinto masculino se orienta únicamente al logro de un orgasmo dentro de un gozoso relajamiento. Es eso, lo que la naturaleza, la biología pura, le propone al hombre. El instinto de la mujer en cambio, en la relación sexual parece orientarse en principio hacia algo muy diferente: a una conmoción que se apodera de todo el cuerpo, un abrirse y fluir hacia su pareja. Con ello está relacionado seguramente que muchas mujeres informan, que sobre todo en sus primeras experiencias el comportamiento masculino les ha parecido extraño, y a veces hasta temible. Y, a su vez al hombre, la actitud a menudo más reservada y el mayor tiempo preliminar de su pareja, le pueden dar la impresión de “no estar plenamente dispuesta”.
Las jóvenes muchas veces tienen la experiencia, de que en la primera vez, o las primeras veces, no es para nada agradable dormir con un varón. Puede doler, o simplemente ser para nada romántico, cuando la pareja es demasiado intempestiva, o cuando se comporta con torpeza. A menudo, el joven ya ha acabado cuando ella recién entra en clima. Y ambos tienen la experiencia, de que resulta muy difícil, intercambiar ideas acerca de los malentendidos iniciales.
Otra diferencia entre la percepción masculina y la femenina, está dada en lo siguiente: muchas mujeres se quejan de que su pareja da por concluido el asunto una vez que ha llegado a la satisfacción. Para una mujer, esto parece ser horrible, esa terminación, para ella es abrupta. Después de la relación, la joven está anímicamente muy despierta, muy abierta, muy receptiva. Los hombres en cambio a menudo se cierran interiormente, algunos quedan dormidos de modo inmediato. Yo creo, que los primeros intentos que se hacen como joven con otro joven son bellos, cuando después se llega a un momento de serena reflexión. La belleza de la vivencia erótica no depende de cuan rápido o cuan impresionantemente un joven o un hombre llega a la excitación, sino, cuan serenamente se llegue a un final en armonía. Ese momento puede una comunidad mayor que todo lo que había antecedido.
Para los varones, la sexualidad entra con mayor agudeza a la conciencia, por tal razón empero está más aislado del resto de la vivencia y de otros procesos de la vida. Para un hombre joven la sexualidad a menudo tiene algo abrupto, algo repentino. Cuando no existe el esfuerzo específico, está inserto en su sentimiento interhumano, en medida mucho menor, que parece ser en el caso de las jóvenes, en las cuales ocupa un primer plano, la cualidad del encuentro. El encuentro es lo que para ella posee la primacía. Y dentro de un bello encuentro, que va adquiriendo una intimidad cada vez mayor, aparece luego también el deseo sexual. Es por ello, que las jóvenes casi siempre no hacen una separación entre la sexualidad y el amor. Mientras que para el hombre, no necesariamente tiene que ser lo mismo. La sexualidad del hombre puede ser llevada a cabo también sin amor. Mientras que las mujeres casi siempre no tienen una percepción sexual, cuando el proceso sexual no está acompañado por lo menos por un sentimiento positivo.
Por tal razón, las jóvenes se encuentran en una posición de ventaja frente a los varones, lo que me lleva a una segunda afirmación: la sexualidad posee su importancia a través del interés en otro ser humano.
Lo bello, lo interesante y fomentador de relaciones de la sexualidad, no es la sexualidad propia, sino la sexualidad de la pareja. ¿Cómo podemos entender esto?
Mientras que en la sexualidad únicamente perseguimos la satisfacción propia, queda un mal sabor. Hemos hecho algo para nosotros mismos. ¿Pero, qué hemos hecho en pos del encuentro? En realidad, sólo uno mismo ha disfrutado, mientras que el otro ha salido de nuestra conciencia mientras corríamos detrás de la satisfacción propia. Podemos ver en ese lugar, que a la mera práctica del sexo impulsada por el instinto, deberá ser adicionado algo, para que el sexo se conforme en un encuentro corporal con otro ser humano. Lo esencial en la sexualidad, es la sexualidad de la pareja. Ocuparse plenamente con el cuerpo del otro, a partir de un interés amoroso, descubriendo cariñosamente todo el cuerpo del otro, sus reacciones, sus peculiaridades – es esto, lo que recién conforma al sexo en algo social, algo que crea relaciones. Todo aquello, que es posible con respecto al encuentro físico, fuera, antes y después de la relación sexual propiamente dicha y también independientemente de la relación sexual, dentro de mutua libertad y mutuo respeto, permite el encuentro dentro de lo corporal. Toda clase de caricia, mimo, palpar, acariciar de todo el cuerpo, en comunión con el respeto de la libertad del otro y su derecho a la autodeterminación, nos conducen a la otra persona.
Buscar el alma del otro, a través de la caricia de su cuerpo, interrogante, y con delicadeza, es lo que nos conduce el uno hacia el otro.
¿Qué conclusiones podemos obtener entonces a partir de tales reflexiones? Cuando logro en la sexualidad, ocuparme en menor medida de mí mismo, sino en mayor medida del otro, de la pareja y si esto lo hacemos los dos, entonces podemos encontrarnos mutuamente en esa búsqueda.
Cuando los jóvenes, respetando la libertad del otro realizan las pruebas, cuando van al encuentro, como no – sabedores, cuando no hacen alarde de saberlo todo y conocerlo todo lo que es posible en este campo, cuando a través de la sexualidad están buscando al otro ser en su integridad, dentro de un amoroso interés, en un lugar de tan sólo sus órganos sexuales, y cuando de hecho están viviendo ese carácter de búsqueda, del realizar la prueba, cuando sus cuerpos se encuentran; entonces todo eso los llevará a la experiencia que los conformará, por una parte en personas libres y con propia conciencia y por otra parte, en seres humanos responsables en cuestiones de la sexualidad.
Nunca se termina de aprender en el campo de la sexualidad. También los adultos tienen que reasumir una y otra vez su postura, tienen que re – generar una y otra vez el valor y la importancia de su sexualidad dentro de su respectiva relación. La sexualidad puede experimentar un cambio con cada encuentro. Por eso, la gente joven no debe sentir la presión de conformarse, cuánto antes y lo ampliamente posible, en expertos sexuales. Nosotros, los adultos, tampoco lo somos.